Escuchar a los mayores

              ........una escuela de vida.

 Cada uno de nosotros expresamos un sentimiento especial (positivos, regulares o negativos) cuando hablamos de nuestros abuelos o de los actuales abuelos de nuestros hijos. Si nuestras vivencias con ellos dejaron una buena impronta en nuestras vidas, o si logramos transformar lo negativo en lo que debería haber sido ese vínculo, entonces les podemos transmitir a nuestros niños que disfruten de esa relación, y también nosotros podremos reeditarlo y mejorarlo cuando nos llegue el momento de la propia abuelitud.
 Mis abuelas (a un abuelo lo conocí de muy pequeña, y al otro no) fueron ese lugar de la infancia lleno de ternura, de abrazos de oso, mimos a granel, juguetes y disfraces caseros, de bolsas repletas de caramelos, mucha paciencia y de buenos consejos…
 Ya en la adolescencia, mis abuelas fueron muchas veces el refugio de mis penas existenciales o el estímulo a mis logros, el café con leche siempre sabroso, la comida armenia que reconfortaba, y el lugar seguro frente a las incertidumbres que la vida planteaba.
 Esto siempre lo asocio (las vivencias) cuando me toca hablar o reflexionar sobre los valores. ¿Por qué? Porque jamás me parecieron pasadas de moda estas abuelas, cada una con diversos orígenes culturales, con estilos diferentes, pero señalando el mismo camino: el del amor, el del bien, el del encuentro. Sigo recordando lo aprendido con ellas con sabor a eternidad, a actualidad. Y los valores son ese orden, ese camino que nos devela la claridad, como el farol que siempre alumbra y que nos asegura que, por más que cambie vertiginosamente el mundo, lo esencial permanece indefectiblemente…

 Entonces, ¿qué lugar ocupa el abuelo hoy en las familias? No podría responder a esta pregunta porque tanto las realidades personales y sistémicas como las consideraciones al respecto son muchas y variadas. Pero sí puedo proponer, desde esta columna que trata de los vínculos, el volver a escucharlos. Volvernos con el cuerpo (si es que les damos la espalda) y el corazón (si es que estaba sordo para ellos) y escuchar cuanto tengan que contarnos, que informarnos para armar nuestros rompecabezas históricos, que enseñarnos. Porque, por el simple hecho de que han vivido más que nosotros, les debemos el respeto de escuchar cuanto aprendieron de sus vidas. Luego, es decisión de cada uno de nosotros el nutrirnos con esa experiencia o bien deshecharla.

 Sabemos que para algunos abuelos, esta etapa de la vida es un tramo coherente de toda una historia vivida en profundidad, muy conectados espiritualmente. Y es entonces cuando el temor a lo desconocido cede en función a la sana intención de “dejar huella” en sus descendientes amados.
  Para otros adultos mayores, la crisis evolutiva puede traer aparejados procesos de insight aprovechables para su humanización, o las crisis accidentales (como una enfermedad) pueden confrontarlos recién con la necesidad de aprendizaje.
 Por falta de espacio para desarrollar varias posibilidades, voy a hacerlo con éste último ejemplo.
 Hace poco, estando en el hogar de un paciente que asisto (en este caso, a domicilio) al que llamaré Juan, con diagnóstico médico de cáncer terminal (¿quién piensa que es terminal, quién cree que es terminal, quién apuesta por su libertad?), pude disfrutar de lo que me contaba desde nuestro cuarto encuentro. Se trata de un esposo, padre y abuelo que, según cuenta, a partir de estos últimos tres meses cruciales que vive pudo pedir ayuda psicológica cuando siempre la rechazó, y está descubriendo (hace apenas dos meses que recibe terapia) con la Logoterapia que: “puedo frenar la catarata de pensamientos pesimistas centrados en su enfermedad (hiperreflexión) y controlar el enojo”, “puedo rescatar un espacio de libertad para dar mi respuesta a lo que me ocurre” y “puedo asociar cómo viví, cómo y qué sentí en mi vida y cómo enfermé”.
 Dios dirá cuándo será su último día en este mundo (como siempre ocurre, y con cada uno de nosotros), pero seguramente este hombre se anima a definir, de a poco, cómo transitarlo. Y agradezco el poder acompañarlo.
 Entiendo que uno de los principales objetivos de toda terapia radica en promover e impulsar responsablemente la esperanza, y no en anularla. Y, por otro lado, la antropología de base del logoterapeuta sostiene que el ser humano es una persona que busca el sentido de su vida, aspira a una vida plena de sentido y puede sobrellevar el sufrimiento cuando le encuentra el sentido.
  Juan dice creer en la “naturaleza” (así define su concepción de lo trascendente, sin usar la idea de Dios, más allá de que para alguno suene a lo opuesto, a lo inmanente) me contaba que “nunca lloró a los muertos”, y que la primer pérdida fue la muerte de su padre cuando él era aún niño. Pero la muerte de su mamá resultó “sentida”. La recuerda como una mujer muy trabajadora que, ya viuda, se dedicó a sostener a sus hijos (siendo una familia muy humilde materialmente). El reconoce haber desarrollado desde la muerte del padre un sentimiento de rencor “por lo que los otros niños tenían y yo no”.
Cuando charlamos sobre dónde cree que está su madre hoy, respondió “adentro mío”, y con esto se abrío un hermoso espacio de trabajo desde su espiritualidad, donde pudo engarzar su deseo de, cuando muera, seguir vivo en el recuerdo que de él tengan sus familiares. Y también apareció la necesidad de soltar el rencor viejo y enfermo (reconciliación) para sentir la liberación de lo que tanto mal le hizo.

 En el libro “El último encuentro” Sándor Márai (escritor húngaro, 1900-1989) describe magistralmente la historia y el reencuentro de dos amigos, inseparables en su juventud que ahora, ya en la vejez, tras no haberse visto en un lapso de 40 años, se unen para dar cita al descubrimiento de la verdad que los angustió por décadas. Los personajes son el general Henrik y Konrad, el invitado. Y en un pasaje de la obra leemos: “la música que Konrad prefería no sonaba para que la gente olvidara ciertas cosas, sino que despertaba pasiones, despertaba incluso un sentimiento de culpa, y su propósito era lograr que la vida fuera más real en el corazón y en la mente de los seres humanos”.
 En consonancia con lo que venimos señalando,  la posible asociación aquí es entre esa música y la búsqueda del sentido, que se logra abriendo el corazón en una dimensión de conexión muy profunda (como la situación actual que vive Juan. El libro todo refleja claramente la búsqueda de la verdad “como fuerza liberadora, como soporte ético imprescindible para sobrellevar el transcurso de una vida”.
 Volviendo a Juan, por supuesto que apareció el sentimiento de culpa por el dolor que su enfermedad genera en su familia, y del cual siente toda la responsabilidad.
Se trató entonces de planificar ofrecerles algo a todos ellos, no solo la imagen de su ser recostado todo el día, malhumorado la mayor parte, y con reiterados sustos de todos por las tantas reinternaciones.
 Así, una hermosa tarea que tenemos que desplegar con Juan es que él construya la fortaleza de comunicarle a sus familiares (porque manifestó el deseo) esta transformación interior que está sintiendo, para que también a ellos les sirva como testimonio de posibilidad de cambio, y de capacidad de oposición y reacción del espíritu humano.
 A estas alturas recordemos a I. Yalom en “los momentos cruciales como experiencias del despertar”.

 Me gustaría proponerles ahora que imaginen ese encuentro familiar entre Juan y sus seres queridos en esa búsqueda de reconciliación consigo mismo y con los otros.

 A estos efectos, me voy a referir  a un método conocido como Terapia Familiar Hawaiana, el método “Hoponopono” que estudia el Dr. Alberto Serrano, desde la Universidad de Texas, San Antonio,  y que muy gentilmente me cedió hace tiempo, para su inclusión en mi trabajo de doctorado.
 Al tratarse de una práctica tradicional curativa hawaiana, nos permite analizar, en otra cultura, los modos que tenían para restaurar y mantener buenas relaciones dentro de la familia u otros pequeños grupos.
 El procedimiento era conducido por un facilitador;  rol que con frecuencia recaía en un miembro mayor de la familia, en quien se confiaba como conductor limpio e imparcial.
 El Dr. Serrano encuentra  en la misma  los siguientes momentos:
1)      el rezo o la plegaria,
2)      la definición de los problemas,
3)      la corrección de cada problema,
4)      la necesidad de autoescrutinio, veracidad y sinceridad,
5)      la búsqueda de un líder para dirigir las sesiones,
6)      la restitución,
7)      y el perdón.
 Vale comentar que el Hoponopono es un procedimiento prescripto de intervención psicoterapéutica grupal y familiar que fue practicado en Hawai antes de la primera visita de los europeos a las islas, en el siglo XVIII.
 El Dr. Serrano y su equipo estudian la práctica del mismo y sus nuevas aplicaciones, enfatizando el modelo como un procedimiento natural que halló esa cultura de resolver sus conflictos con compromiso y responsabilidad.

Es interesante analizar los siguientes puntos estructurales del Hoponopono:

-         el mismo no se podría llevar a cabo a menos que tanto el líder como los términos del proceso sean aceptados por todos los miembros que participan en el mismo.
-      Este ítem señala la necesidad de consenso y enaltece el respeto y el          compromiso de todos y cada uno hacia lo que se visualiza como el bien común.
-         Tanto los participantes, como el líder pueden lograr mejores resultados desde el momento en que valoran, en sus familias, la función del Hoponopono.
 Sabemos que, para obtener los mayores beneficios de un proceso terapéutico, no basta con ser un clínico experimentado en Familia.
 Paralelamente, quienes acceden al tratamiento deben estar preparados para aceptar el proceso, comprometerse y buscar activamente nuevas y sanas posibilidades para el sistema. Un aspecto esencial aquí lo juega el deseo de participar en el proceso, lo que nos conduce directamente al tema de la motivación.
 Se requiere disponer de una espiritualidad construida (en la familia, en primer lugar), tanto para dar comienzo con una oración, como para lograr el perdón que se persigue. La Madre Teresa nos decía que “la familia que reza unida soporta las tormentas”.
 Entendemos que compartir la búsqueda de estrategias alternativas y gestionar una reconciliación verdadera y profunda, son objetivos posibles cuando el eje espiritual ordena las emociones desordenadas que quiebran y erosionan la vincularidad.
 Y me gustaría resaltar que a través de la comunicación afectivo-empática entre los integrantes de la familia, se enriquece y modula la afectividad.
 Por otro lado, sabemos que las decisiones son verdaderamente creadoras cuando son inteligentes. Así, la clave del encuentro en la formulación de buenos acuerdos matrimoniales o familiares, estaría en el autoconocimiento, la mutua comprensión, y el respeto que sostienen al buen amor.
 Me queda como planteo, continuando con la intención de “escuchar a los abuelos”, el interrogante siguiente: ¿cuántas veces recurrimos a la mediación o a pedirle opinión al abuelo que está capacitado para hacerlo, frente a conflictos familiares o personales? Y el hacerlo ¿podría generar un espacio de respeto y encuentro tal vez diferente, con un tiempo tal vez más lento y por eso necesario que lleva a desarmar nudos realmente o a re-tejer lo mal tejido?
 Yo sé que no siempre la familia dispone de un abuelo sabio a quien escuchar, pero cada persona tiene sus maravillas, vale el ir a su encuentro…